Os invito a pensar por un momento en el chocolate blanco…. seguramente os vendrá a la mente esa sensación tan deliciosa de este producto deshaciéndose en la boca…¡buenísimo!, ¿verdad? Si lo comparamos con el chocolate negro, el blanco se deshace mucho más facilmente, delicadamente diría yo, y todo es debido a que se hace tan solo con manteca de cacao (no contiene pasta de cacao), leche y azúcar. Y es también debido a esta composición, que resulta un poco más laborioso trabajar con él dentro de la repostería. Sin embargo, cualquier cosa hecha con chocolate blanco, da como resultado una delicia para el paladar.

Hoy os traigo estas exquisitas trufas, no puedo hablar de ellas de otro modo. La textura es perfecta, y el sabor con el toque de licor, tan fino como delicioso. Aquí os dejo la receta de una auténtica delicatessen.

Elaboración:

  1. Preparamos una fuente o molde amplio forrado con papel vegetal. Troceamos el chocolate.
  2. Ponemos la mantequilla y la nata en un cazo y lo llevamos a ebullición a fuego lento, sin dejar de remover. Lo hervimos un minuto y lo retiramos del fuego.
  3. Echamos el chocolate troceado en el cazo y removemos hasta que se haya fundido. Agregamos el licor.
  4. Volcamos la pasta en la fuente o molde y la dejamos , al menos, 2 horas en el frigorífico para que se endurezca un poco.
  5. Pasado el tiempo estipulado, troceamos la pasta y formamos bolitas moldeándolas con las manos o ayudándonos de dos cucharas. Las dejamos otros 30 minutos en el frigorífico.
  6. Para la cobertura de las trufas, derretimos los 100 gr. de chocolate blanco y vamos sumerjiendo en él las bolitas, dejando gotear el exceso en un cuenco. Finalmente, colocamos las trufas sobre papel vegetal y, con un tenedor, dibujamos unos remolinos con el chocolate de la cobertura. ¡ Nuestras trufas están listas !

Sólo añadir que yo utilicé chocolate de la marca Lindt, pues fue el mejor que encontré. Si las hacéis, las disfrutaréis, os lo aseguro.